Movie Suite© por José D'Laura

martes, abril 23, 2019

Theo Angelopoulos: la estética del desarraigo.


(Vacaciones de Pascua es igual a Buen Cine: la fórmula que me redime cada año. Y como el Cine siempre es un viaje y siempre es un sueño, hice mis maletas y abordé el vuelo con destino a Grecia, para conocer un poco más de Theo Angelopoulos, uno de los mejores cineastas de nuestro tiempo. Agradezco la cinéfila complicidad de Alberto Ramos.  –José)

                                                    “Al principio Dios creó el viaje, después la duda y la nostalgia”.

Al final de Simón del desierto, Luis Buñuel no tiene piedad con su personaje: lo abandona completamente desesperanzado ante Carne radioactiva, el baile al que todos se entregan frenéticos y desafiantes. No hay voluntad que valga y ya nunca seremos los mismos de ayer. En ese mismo estado de desconcierto me dejan las películas de Angelopoulos: abatido por las penas humanas de gente que no he conocido ni conoceré. Así de magistral es el cine de este genio de la niebla y la nostalgia.
Angelopoulos nació en Atenas, menudo compromiso con la historia griega y su pesada herencia cultural. A pesar de su ascendencia mediterránea, en sus filmes predominan los paisajes fríos, grises y pétreos de las montañas del norte de Grecia.
Se matriculó en la universidad para estudiar Derecho, pero la mayoría de su tiempo lo pasaba en las salas de cine, entre clásicos policiales y musicales americanos, especialmente de Vincente Minnelli y Stanley Donen.
Luego en París, dizque estudiando letras en la Sorbona, se vincula a la secta que creció en la Cinemateca de Henri Langlois. Allí descubriría las imágenes que le servirán de fundamento a su cine, verbigracia, los planos-secuencia y los fuera de campo de Kenji Mizoguchi.
Para los que llevan anotaciones: un filme americano tiene, en promedio, 2,000 planos. Un filme de Angelopoulos nunca sobrepasa los 100 planos.
Arranco con El viaje de los comediantes (1975), una de las piezas de su “trilogía histórica”. El director se adentra en el mundo de una compañía de teatro ambulante quienes, al recorrer toda Grecia, se convierten en testigos excepcionales de todos los cambios políticos que su país experimenta: la invasión nazi de 1941, la lucha de la resistencia, la liberación en 1944, los enfrentamientos entre los partisanos comunistas y los soldados ingleses que apoyaban la restauración de la monarquía, la guerra civil y un largo etcétera.
Puestos frente al pelotón de fusilamiento varias veces, por el solo hecho de ser artistas, siempre serán los sospechosos habituales que no se doblegan al poder.
Angelopoulos construye una monumental obra de casi 4 horas que se pasea por el escenario de la Grecia de 1939 a 1952 y su tragedia eterna: un pueblo desunido. La película ganó el Premio Fipresci en Cannes, mejor película del año del Instituto Británico del Cine, Premio Fipresci como una de las mejores películas en la historia del cine, el Grand Prix of the Arts en Japón y el Golden Age Award en Bruselas.
A esa compañía de teatro la condenará a viajar sin rumbo por algunos de sus filmes, por ejemplo, Pasaje en la niebla (1988).
Aparece en escena (es un decir) el brillante guionista Tonino Guerra para dar paso a su “trilogía del silencio”: Viaje a Citera (1983), El apicultor (1986) y Paisaje en la niebla, que protagonizan unos seres expulsados y empujados por la historia hacia un viaje iniciático, donde la simbólica búsqueda del padre marca sus destinos.
Voula y Alexandros son los pequeños hermanos que se escapan de su hogar para salir en la búsqueda de su padre, a quien solo conocen en sueños, y que vive en Alemania. En realidad, todo ha sido un cuento de la madre para no admitir que son hijos del azar. Otra historia para dormir curiosidades y alimentar princesas. La realidad es otra cosa y, a pesar de que aparece de vez en cuando la solidaridad, la maldad arranca los vestigios de inocencia de quienes persiguen sus sueños. Por Paisaje en la niebla, su director ganó el León de Oro en Venecia y el Premio Hugo de Oro. El filme también ganó el Premio Félix a la mejor película europea.
Y lo mejor: dio inicio a una cadena de colaboraciones con Tonino Guerra, que se extendió por 6 películas más. Sobre Tonino: “Es un viejo campesino muy listo y muy sabio, que tiene la sabiduría de la tierra. Conoce bien lo justo y lo injusto. Es un hombre con quien sientes la necesidad de confesarte”. Probablemente es la mejor definición que he escuchado de lo que es ser guionista.
Su “díptico de los Balcanes” está conformado por: El paso suspendido de la cigüeña (1991) y La mirada de Ulises (1995).
La desgarradora mirada de un periodista es la perspectiva desde la que aborda los anegados paisajes limítrofes con Grecia: Bosnia, Sarajevo, Macedonia, Albania, poblados de fantasmas en éxodo perpetuo de la guerra, de la sinrazón, de la locura de los Balcanes.
Estos refugiados, expatriados, víctimas de la espera de un mejor mañana, se convierten en la mejor demostración de la maldición de las fronteras, esa maligna invención de los poderosos para repartirse el planeta.  
En la “sala de espera”, un barrio en el norte de Grecia, en la frontera con Albania, refugiados kurdos, turcos, albaneses, polacos, rumanos e iraníes esperan un permiso que les permita ingresar formalmente al país, mientras se agotan sus posibilidades.
En La mirada de Ulises, un cineasta griego regresa a su ciudad natal para emprender un viaje en busca de 3 bobinas de películas de los hermanos Miltos y Yannakis Manakis, los pioneros del cine griego. En las fachadas de los edificios se proyecta Paisaje en la niebla (autoreferencia del director) que sirve para evocar el desconcierto de volver a los lugares donde fuimos felices, para descubrir que nada queda de ellos y que todo ha cambiado: hemos perdido la cordura en guerras sin sentido.
El filme es una libre adaptación de La Odisea, de Homero, con giros extraordinarios como el hecho de que Penélope, Cirse, Calipso y Nausícaa están representadas por la misma actriz, Maïa Morgenstein.
Con La mirada de Ulises obtuvo el Gran Premio del Jurado y el Premio Fipresci en Cannes, el Nastro d’Argento de la crítica italiana al mejor director extranjero y el Premio Sant Jordi a la mejor película extranjera.
La eternidad y un día (1998) cuenta la historia de Alexander, un poeta quien, a pocas horas de su muerte, se encuentra con un niño albanés que le ofrece, por primera vez en su vida, la oportunidad de comprometerse con el otro y expresarle su afecto.
Para el realizador que mejor ha expuesto en el cine los costos emocionales y personales de los viajes, no deja de ser una maravillosa vuelta de tuerca discursiva esta profunda reflexión sobre los errores de vivir exiliado de uno mismo, acaso perfecto producto terminado de esta jungla de espejos.
Realizada con notable pulso de maestro, el filme sobresale por una puesta en escena prácticamente perfecta que ha sido aplaudida por los públicos de todo el mundo. Por eso a nadie sorprendió que Angelopoulos recibiera la Palma de Oro del Festival de Cannes, así como el Premio del Jurado Ecuménico.
En 1919, debido a la invasión del Ejército Rojo a Odessa, algunos griegos se ven obligados a regresar a Salónica y levantar un pueblo junto al río. Al frente de todos, destaca Eleni, una niña huérfana de 3 años. Ella busca la manita del niño de su nueva familia, Alexis. Ahí nace su amor eterno. Ahí nace la tragedia que les perseguirá toda su vida. Y siempre la guerra separando al hombre de su familia, separando al hombre de su razón de ser.
Eleni (2004) establece una mirada visionaria, una suma poética del siglo XX, sin dejar de evocar a la Helena del mito que reivindica al amor absoluto. El filme recibió el Premio Fipresci a la mejor película del año en los Premios de la Academia del Cine Europeo.   

El 24 de enero de 2012, Theo Angelopoulos fue arrollado por una motocicleta en una avenida de Atenas, mientras buscaba locaciones para su nuevo filme. La prensa (como siempre) no aclara casi nada sobre el suceso y muchos aseguran que, en realidad, el cineasta dio inicio a otro de sus fabulosos planos-secuencia, uno en que como regla fundamental están presentes el viaje, la memoria y el olvido.