Movie Suite© por José D'Laura

martes, enero 07, 2014

Woody Allen: un cineasta imprescindible


A confesión de partes, relevo de pruebas: amo la obra de Woody Allen por encima de cualquier otra y sin remedio: Allen sigue siendo dueño de un universo tan hermético, pero tan cercano, tan íntimo, pero con un aire de déja vu que espanta.

Permítanme parafrasear a Bertolt Brecht: cualquiera puede escribir una buena película en un año. Hay guionistas que pueden escribir unas cuantas buenas películas en varios años y son buenos. Woody Allen tiene casi 50 años escribiendo buenas películas con una constancia que nadie del cine contemporáneo puede ni siquiera disputar. Es lo que llamaría un cineasta imprescindible.

Una exitosa carrera por la que ha conquistado la crítica, los públicos festivaleros de Europa y una colección impresionante de premios que nunca ha recogido en persona. Para ejemplo, basta un botón: la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood le otorgará el Premio Cecil B. De Mille y, desde hace unas semanas, sabemos que lo recibirá en su nombre Diane Keaton, una de sus musas,

Woody Allen es pionero del postmodernismo cinematográfico, todavía cuando otros navegaban las nuevas olas de la modernidad. Pongo dos ejemplos de Annie Hall (1977), su gran Obra Maestra. En varias ocasiones Allen rompe con el sagrado “Momento de suspensión de la incredulidad”. En la fila del cine un catedrático despistado pontifica sobre la obra de Marshall McLuhan. Allen usa al mismísimo McLuhan para darle un boche de leyenda. Más adelante, los personajes entablan su primera conversación casual. Allen juega a lo que piensan y lo que dicen y subtitula ambos diálogos.

Woody Allen es un Maestro en la técnica de “no dirigir” actrices, como lo demuestran (al margen de la decena de nominaciones) los Oscars ganados por: Diane Keaton por Annie Hall (1977), Dianne Wiest por Hannah y sus hermanas (1986), Wiest otra vez por Balas sobre Broadway (1994), Mira Sorvino por Poderosa Afrodita (1995) y Penélope Cruz por Vicky Cristina Barcelona (2008). Predicciones astrológicas para las nacidas bajo la influencia del Genio de Manhattan: Cate Blanchett recibirá su Oscar por Blue Jasmine.

Antes, ejercita un método de reclutamiento único: una carta personal (a veces manuscrita), y efectivo: todo el mundo quiere trabajar con Woody Allen, ese detector de talento al que, en muchos casos, sólo le bastan 60 segundos y un apretón de manos para conformar su elenco. De la forma en que hace llegar los guiones, hablaremos en otra ocasión.

Woody Allen es un metropolitan que ha escrito y dirigido la más bella carta de amor a la Gran Manzana: Manhattan (1979); y luego se ha convertido en un cosmopolitan que nos lleva a pasear por otras ciudades de las que se ha enamorado: Match Point (2005) a la sofisticada Londres; Vicky, Cristina, Barcelona (2008), a la Barcelona de Gaudí; Medianoche en París (2011), a la Ciudad Luz; Y la Ciudad Eterna como escenario de su A Roma con Amor (2012). Allen nos pasea por el alma de esas ciudades a través de sus sitios emblemáticos y sus joyas arquitectónicas.

Woody Allen es un guionista íntimo de temas universales: sus películas tratan temas universales, profundos, filosóficos pero tan íntimos que, a veces, nos parece que revisa nuestros diarios de vida. Allen mira a la gente común, nos mira y nos desnuda: somos almas atormentadas, arrastramos tantas obsesiones, nos acomplejan tantas culpas. A pesar de que nunca ha procurado un Oscar, es la persona con mayor cantidad de nominaciones como guionista (14) y uno de los pocos que pueden exhibir 3 Oscars ganados como mejor guionista original (3), a saber: Annie Hall, Hannah y sus hermanas y Medianoche en París (2011).

El amor y el sexo: vuelvo a Annie Hall. Su protagonista sufre de Anhedonia (era el título original del filme), es decir, incapacidad de disfrutar de la vida. En una escena, Allen rompe la pantalla en dos para juxtaponer las diferentes perspectivas de la pareja sobre su frecuencia de relaciones sexuales, 3 veces a la semana: “constantemente” (según ella) y “casi nunca”, según él.

Clásico pero moderno: Match Point, por ejemplo, es una libre adaptación de Crimen y castigo de Dostoievski se convierte en el mejor homenaje a un grande de la literatura. Tomando los mejores elementos de la narración tradicional, actualiza el drama hasta nuestros días. Semejante tarea sólo la asume exitosamente quien, como Allen, se sabe de memoria las reglas del juego.

Woody Allen sufre el Síndrome de Nabokov y sus filmes están poblados de promiscuas Lolitas las que, como corresponde a toda fantasía masculina, tentarían al novelista ruso para toda una saga: desde Mariel Hemingway (Manhattan) pasando por Jodie Foster (Sombras y niebla), Juliette Lewis (Maridos y mujeres), Mira Sorvino (Poderosa Afrodita), Elisabeth Shue (Desmontando a Harry), Charlize Theron (Celebrity), Scarlett Johansson (Match Point), Evan RachelWood (Whatever Works) hasta Freida Pinto (You Will Meet a Tall Dark Stranger). Ellas nos atormentan con su carne firme, con sus miradas, con sus olores. Y nos reviven bajos instintos que, trampa kakfiana, creíamos superados.

La vida y la muerte: el cuestionamiento de nuestras existencias y del destino que nos asigna Dios es una de las constantes en el cine de Allen. La frenética búsqueda de La Verdad desata en sus personajes la más angustiosa cacería del sentido de las cosas.

El destino y la suerte: a muchos de los personajes de Allen, la felicidad le está negada por decreto. Su ambición no conoce fronteras, muchas veces cruzan la línea de lo ético, de lo moral, de lo lícito. Pero el destino de quien tiene vedada la buena estrella es un túnel sin ninguna luz en el fondo.

Por eso, esos personajes tan diestros en el juego, en muchas ocasiones, pierden la partida contra la suerte y quienes logran salir pírricamente victoriosos, lo único que les espera es una vida muelle y decorosa pero infeliz, un modus vivendi que es una paradoja en sí mismos.

Woody Allen es un auténtico genio cinematográfico que ha utilizado la risa como herramienta para educarnos la inteligencia emocional.

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