lunes, abril 05, 2021

Michelangelo Antonioni: la geografía del mal de amores

 


(Estas Vacaciones de Pascuas pago una deuda con un año de atraso: el golpe de la pandemia en nuestras vidas nos tomó por sorpresa a todos y nos robó el sosiego. Michelangelo Antonioni se presta perfectamente al propósito de saciar la sed, de mitigar el hambre por ese cine que nos exige total entrega, en beneficio del evento lúdico que supone su propuesta. Debo agradecer la cinéfila solidaridad de Teddy Ureña, Nina Jackson y Pedro Estrella.)
Si me lo permiten, voy a parafrasear a Brecht: hay hombres que son modernos un día y son buenos. Hay otros que son modernos un año y son mejores. Hay quienes son modernos muchos años y son muy buenos. Pero hay los que son modernos toda la vida. Es por lo que Antonioni es un imprescindible.
Michelangelo Antonioni es reconocido como uno de los más inteligentes realizadores que ha tenido el Cine en toda su historia.

Para entender a Antonioni debes dejar tus conceptos prefabricados en el lobby del cine: de nada le servirán frente a la obra de un cineasta que se reinventaba en cada filme y, sin embargo, siempre hacía la misma película.

Para entender a Antonioni debe entregarse a la sana costumbre de cuestionarlo todo (las formas) y dudar de lo obvio (los fondos): nada se afirma a cambio de nada y no hay verdades absolutas.

A la hora de hablar de cineastas que han reflexionado con gran profundidad de la relación del individuo moderno con el espacio, Antonioni ocupa un primer lugar. A pesar de heredar mucho de la tradición neorrealista, Antonioni desarrolló una sensibilidad única para estudiar como los espacios (la ciudad, el campo, etc.) son determinantes en la percepción de nuestra realidad y cómo influyen en nuestras experiencias.

Común denominador de su obra: la alienación (independientemente de la causa que la origina) y la dificultad de conectarnos en un mundo cada vez más automatizado, en el que se extraña la calidez, la solidaridad, inherente (al menos, en teoría) a nuestra condición humana.

El ejemplo más representativo de este fenómeno lo encontramos en la trilogía de la “enfermedad sentimental” (traducida al dominicano como “mal de amores”) compuesta: La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962), en donde estos problemas son expresados en imágenes a partir del paisaje y los espacios.

No hay que darle muchas vueltas: en términos argumentales, todos sus filmes hablan del amor. Para ser más precisos: de la imposibilidad del amor.

El efecto de las musas para un gran realizador: dos de esos tres personajes están interpretados por la misma actriz: la enigmática Mónica Vitti. El otro por la indescifrable Jeanne Moreau.

La primera película de esta trilogía, La aventura, cuenta la historia de Ana, un personaje introvertido que atraviesa por una crisis existencial ante la negativa de un próximo matrimonio, que luego desaparece misteriosamente mientras se encuentra de vacaciones con sus amigos en las costas de Sicilia.

La aventura es el salto cualitativo de Antonioni en la búsqueda de su sello de identidad y radicaliza su postura de ir más allá de las convenciones narrativas, más allá de la idea (e importancia) de los personajes con los que el espectador puede identificarse o proyectarse empáticamente. Y nos propone la idea de que los espacios son tan importantes como los personajes. El público domesticado no estaba preparado para tanta ruptura.

La anécdota: la presentación de La aventura en el Festival de Cannes fue un desastre: el público abucheó aquello que no podía (o no quería) entender, hasta el punto de que Vitti estalló en lágrimas. En solidaridad, Roberto Rosellini y otros 37 artistas escribieron una carta a Antonioni, que colgaron en el lobby del hotel donde se alojaba: “Es la mejor película que hemos visto en el festival”. La noche del palmarés, el filme obtuvo el Premio del Jurado.

Por una parte, La noche cuenta la historia de Lidia, una mujer que enfrenta un problema de hastío y aburrimiento de su matrimonio y el director trabaja de manera muy particular el paisaje para, apelando a su capacidad poética, intentar representar con las imágenes el hartazgo y la incomunicación del personaje y a la ciudad como un sinsentido o una abstracción.

La anécdota: al recibir el Oso de Oro en Berlín dijo: “Creo que los filmes deben hacerse no para el público o para hacer dinero o para obtener popularidad. En mi opinión, los filmes deben hacerse para ser tan buenos como deban ser”. Ay, Miguelito…

En El eclipse, la joven protagonista Vittoria, contrariada y agotada por la falla de sus anteriores dos relaciones amorosas, comienza a deambular por las calles de Roma.

Una de las características del Cine de Autor es que nos presenta una definitiva percepción del mundo. Antonioni va más allá: se inventa un mundo propio. El eclipse es, dentro de su filmografía en blanco y negro, el punto extremo de ese nuevo mundo. Como público, reconocemos que ese mundo no es el mundo real: no hay concesión alguna al entretenimiento, ni a la narración convencional.

Y cierto que hay un eclipse de sol en Roma, pero Antonioni quiere que nos percatemos de que hay un eclipse también en los sentimientos de la gente de esta sociedad contemporánea, totalmente industrializada a costa de las cosas más importantes, el medioambiente por ejemplo.

Con El eclipse recogió el Premio Especial del Jurado en Cannes.

Como era de esperarse, el propio Antonioni reniega de esta “trilogía” y, en cualquier caso, pide incluir en la lista a El desierto rojo (1964).

Con El desierto rojo, primera película a color de Antonioni todo se convirtió en anécdota: que Antonioni hizo pintar todo un campo para rodar una escena, que si aquí comenzó su declive, que si el frágil personaje que encarna su musa (Mónica Vitti) carece de total sentido y las propias palabras del Maestro: “Es mi película menos autobiográfica.”

La motivación del Jurado del Festival de Venecia, donde ganó el León de Oro, no deja lugar a dudas: “Al más sorprendente filme del festival, por su extraordinaria fuerza en el retrato del ambiente y su conflicto con la sensibilidad humana.”

Entonces entró en escena el productor Carlo Ponti quien, para los que creemos en los milagros, le contrató para tres películas en inglés que contaban con el respaldo de la Metro Goldwyn Mayer.

La primera de ellas es una absoluta Obra Maestra, críptica e incomprensible para muchos, Blow Up (1966), filme que está basado en el cuento Las babas del diablo, de Julio Cortázar. El filme ganó la Palma de Oro en Cannes y, desconcertados, algunos periodistas le pidieron alguna pista para entender el filme. Su brillante respuesta: “Necesitaría hacer otra película para explicar su significado.” En la opinión de este humilde cronista, hay que prestar atención al significado del título en inglés: es como “ampliar” una foto para ver algún detalle (lo hacemos todos los días con las fotos de Instagram). ¿Qué pasaría si aplicamos eso a la presencia de cualquiera de nosotros en el contexto de un espacio? En algún momento, desapareceremos de ese espacio. Sin embargo, ese espacio mantendrá su propia esencia, porque puede prescindir de nosotros. Esto nos conduce a la pregunta esencial de la condición humana y ya eso es tema para un seminario.

La segunda fue Zabriskie Point (1970). El Punto Zabriskie es un área de cuencas de antiguos lagos que datan de 5 a 10 millones de años y que han sufrido impactantes cambios por la erosión. El nombre le viene del pionero que “descubrió” el sitio, un impresionante desierto en el oeste americano.

Antonioni se permite hacer una brillante reflexión sobre los convulsos tiempos de los Estados Unidos de la Era de Acuario, sobre todo para esa juventud universitaria que no sabía cómo darle salida a tantas hormonas reprimidas, a tantas promesas incumplidas, a tanto futuro conculcado por los mismos de siempre y el gas lacrimógeno. Probablemente, solo quedará como salida huir al desierto y encontrarnos en los espejos.

La tercera fue The Passenger (1975) y pongo su título en inglés porque tengo serios problemas con el que le adjudicaron los creativos de marketing. En este filme, un periodista asume la identidad de un hombre muerto y, literalmente, comienza a vivir una nueva vida que le lleva desde Malí (África) hasta Almería (España), donde fallece, dejándonos una lista de preguntas. Típico de Antonioni. Nueva vez, el maestro reflexiona sobre lo que significamos para cada uno de nuestros íntimos, cómo nos vemos a nosotros mismos en el contexto de nuestro mundo y cómo hacemos cambiar el curso de las estrellas. Basta con decir que no soy lo que soy o que no soy lo que crees ver y a partir de ahí, ¡abrimos otro seminario!

Bienaventurados aquellos que alguna vez han tomado uno de mis cursos de cine, porque siempre les muestro el plano secuencia del final de The Passenger, que me parece una proeza técnica sin igual en la historia del Cine, ese que se escribe con mayúsculas.

En 1995, la Academia de Hollywood, que siempre llega tarde a todo, le entregó el Oscar honorífico por su trayectoria profesional. Menudo mea culpa frente a uno de los Maestros del Cine, ese Antonioni que nos deja siempre con el alma devastada por la incomprensión de un mundo cada vez más estúpido, cada vez más primitivo, cada vez más ajeno a las auténticas propuestas de futuro.

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