José Luis García Sánchez nació en la ciudad que acogió el primer foro de reflexión sobre el cine español, y ese ‘espíritu de Salamanca’ caló en él, porque han sido casi sesenta años levantando proyectos, viendo películas, interesándose por el patrimonio cinematográfico, ganando premios y, sobre todo, haciendo amigos. Porque la amistad era el gran motor del director, guionista y productor, que ha fallecido en Madrid, a los 85 años.
El realizador de títulos tan emblemáticos como Las truchas –Oso de Oro en la
Berlinale– y Divinas palabras,
y autor del guion de Belle Époque,
por el que obtuvo, junto a Rafael Azcona y Fernando
Trueba, el Premio Goya de la categoría, reconocimiento que también
conquistó por su adaptación de la obra de Valle Inclán Tirano Banderas, premio que
compartió con Azcona, tenía muy claro que el cine era “el oficio más bonito del
mundo. No es un trabajo fijo, los compañeros cambian, no son siempre los
mismos; y, a veces, te pagan”, decía con su habitual sentido del humor.
Un
sentido del humor del que hacía gala cuando hablaba de su paso por la Escuela
de Cine, “donde no existía la censura y la matrícula costaba 148 pesetas”; de
su papel de “gancho” para que el productor Luis Sanz le
ofreciera un papel a Ana Belén en La corte de faraón; de sus
comienzos “llevando los bultos a Basilio Martín Patino y
a Carlos Saura. Empecé a conocer a gente y poco a
poco me metí en ello”; y del conflicto laboral que tuvo con los actores
españoles, “porque en Las truchas empleé
a todos los actores argentinos que habían huido de la dictadura”.
Devoto de Ramón del Valle-Inclán, de quien llevó a la
gran pantalla junto al desaparecido guionista Rafael Azcona las novelas Tirano Banderas y Divinas palabras, el cineasta
salmantino plasmó en sus películas su visión crítica de la vida. Cronista de su
tiempo, el también director de La
noche más larga, Tranvía a
la Malvarrosa, La corte del faraón–-por
la que conquistó la Concha de Plata al Mejor Director–, El love feroz, Colorín colorado, El vuelo
de la paloma, Siempre hay un camino
a la derecha, Pasodoble y Los muertos no se tocan, nene –su
último filme, en el que adaptó la obra de Rafael Azcona, uno de sus buenos
amigos–, participó en los libretos de Habla,
mudita, Camada negra
y El rey del río, dirigidas
por Manuel Gutiérrez Aragón, y en Cómo ser infeliz y disfrutarlo, firmada por Enrique
Urbizu.
Licenciado en Derecho y Sociología, García Sánchez
(Salamanca, 1941) estaba acostumbrado a buscar películas de nuestra cultura y,
a pesar de ser uno de los directores más representativos y reconocidos del cine
español, aseguraba con humildad que buena parte de su éxito se lo debía a la
suerte de haberse cruzado en su camino con “magníficos profesionales y
magníficos amigos”. Esos buenos amigos –Rafael Azcona, Antonio Gamero,
Ana Belén, Víctor Manuel, Juan Diego, Charo López, José Sacristán, Manolo
Gutiérrez Aragón, Emilio Martínez-Lázaro, Borja Cobeaga, Fernando Méndez-Leite,
María Barranco, Imanol Uribe, Fernando Trueba, Juan Gona, Tina Sainz y Manuel
Vicent, entre otros muchos– alababan su inteligencia, su lúcida y
perspicaz mirada, su socarronería y su buen humor. Todos coincidían en que
rodar con él era aprender, pero también disfrutar. Para su hijo, el director de
cine Víctor García León, tenía “una voracidad de amistad.
Incluso con los que le caían mal, hacía por que le cayeran bien para trabajar
con ellos”.
José Luis García Sánchez fue uno de los “recogememorias”
del primer ciclo de la Memoria Colectiva del Cine Español, proyecto impulsado
por la Academia del Cine que rescata los recuerdos de profesionales del cine
español a través de la grabación de largas conversaciones con ellos.









