domingo, mayo 10, 2026

“Nieta de mi abuela” y la simetría de la soledad.

“Antes de morir, con 88 años, mi abuela Teresa me dijo con dolor: “No te quedes sola, como yo”. Con esta poderosa premisa, la cineasta Tatiana Fernández Geara, una soltera de 40 años, construye Nieta de mi abuela, una brillante propuesta que no solo le permite exponerse sin protección ante su propia cámara, mostrar la evidente admiración hacia su abuela, una mujer que desafió los cánones sociales que le tocó sufrir, sino también diseccionar esta sociedad misógina y despersonalizadora, que cosifica la mujer y la reduce a casarse con un “buen hombre” y parirle par de hijos.

Este nuevo documental de Fernández Geara ya ha tenido un exitoso circuito festivalero: Mejor Documental en el New York Latino Film Festival y Premio del Público en el Chicago Latino Festival, entre otros.

Nieta de mi abuela construye una perfecta simetría de la soledad entre Teresa y su nieta Tatiana, por las milagrosas coincidencias de sus vidas. Teresa Pichardo heredó el Cine Carmelita, ícono que define una época en San Francisco de Macorís. Tatiana Fernández Geara hace cine, documenta con fotos y videos, y lo hace con una sensibilidad extraordinaria. Solo habría que recordar su filmografía: Nana (2015) y Vals de Santo Domingo (2021).

La abuela Teresa se casó (y se divorció) en tres ocasiones. Su nieta Tatiana, siendo adolescente, elaboró una lista de condiciones para su “príncipe azul” prácticamente imposible de cumplir para cualquier ser de este planeta y otras galaxias cercanas (uno de los acápites es “que no desaparezca”). Tatiana ama su soledad. Punto. Por supuesto, enfrenta la organizada presión social que te impone casarse, tener hijos y “sentar cabeza”, como maldición bíblica inexpugnable y perfecta receta para ser infeliz.

Nieta de mi abuela es el mejor alegato contra esa estupidez generalizada que gravita sobre los que son distintos, aquellos que no se dejan enmarcar en obsoletos principios de sicología familiar, ni en formulitas de libritos de autoayuda. Fernández Geara no necesita alzar la voz, ni manejar discursos de trinchera sentimental: es capaz de plantearlo todo con sutileza, con la poética mirada de su lente, uno que atrapa imágenes y sonidos que apelan a lo más importante: saber cuándo reír y cuándo llorar, sin claudicar en los principios básicos.

El discurso no es nuevo para la cineasta: ya hace tiempo presentó la exposición “No Soy la que Soy”, una serie de autorretratos en los que cuestionaba la forma en que nos vemos y vemos a los demás. En Nieta de mi abuela, hace una inmersión (nunca mejor dicho) en las cartas de amor de su abuela Teresa para reconstruir una vida vivida sin prejuicios, que es su propia vida. Tatiana no teme hurgar en el pasado y, prácticamente, convertirse en Teresa, quizá como método para entender sin juzgar. Me recordó el filme El inquilino, de Roman Polanski.

A propósito de películas y del Cine Carmelita, Fernández Geara inserta algunas escenas de clásicos como Sissy Emperatriz (1956, Ernst Marischka) y Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore), no solo como válidas referencias al papel del cine en nuestras vidas, sino también como perfectos complementos de su propuesta dramática, en que puede identificarse con las palabras de sus protagonistas, sino extrapolar esas sensaciones a su propia vida.

En una de sus canciones, Silvio (ese que no necesita del apellido) afirma que “la angustia es el precio de ser uno mismo”. Probablemente, Fernández Geara carga ese peso sobre sus espaldas, pero también esa insoportable levedad que la hace libre, en una era de falsos profetas y canallas con licencia para matar corazones. Esa libertad es la que le confiere fuerzas de Láquesis, para presentarnos una maravilla como Nieta de mi abuela, uno de los mejores estrenos del año.

 

Nieta de mi abuela (2026). Dirección y Fotografía: Tatiana Fernández Geara; Guion: Tatiana Fernández Geara, Gina Giudicelli, Natalia Peralta Rincón; Fotografía: Jaime Guerra; Edición: Gina Giudicelli; Música: Laura Pimentel. 

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